Llevan allí siglos antes de la llegada del Islam, representan aproximadamente el 10% del país del Nilo y son fuente de una riqueza cultural que enlaza con el Antiguo Egipto. Es ésta comunidad -como lo fué hace no muchas semanas la caldea en Irak- la que el día de Año Nuevo sufrió un sangriento atentado que ya eleva la cifra de víctimas en 23 inocentes.
El hostigamiento hacia éstas comunidades es ancestral, la novedad radica en la virulencia que esta adquiriendo en lo últimos años a medida que el extremismo islámico cobra fuerza y se extiende del Atlántico al Pacífico. A casi nadie parece importarle la suerte de estas personas, no sea se calienten más los ánimos de sus verdugos.
Pero en Europa, en España, el oficialismo guay aplaude el levantamiento de mezquitas, cuando al otro lado del Mediterráneo no pueden reparar sus iglesias; censuran las críticas hacia aspectos de lo musulmán invocando a la tolerencia, no sea se irriten; en el Éufrates, en Sudán o en Alejandria masacran a quienes no profesan la religión mayoritaria y como aquí en tiempos no tan lejanos, única verdadera. ¿Qué dícen de esto?
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